No sé cómo empezó esto, ni por qué, de verdad no lo sé.
Desde que Tanquecito llamó por teléfono, la escena vuelve e insiste como la marea que no aprende a retirarse.
Me dijo que me llevaría a ver cómo preparan los ostiones para la venta.
Al llegar, vi a la mujer sentada en una cajilla de plástico, como si el día le hubiera asignado ese asiento.
A su lado estaba Saúl, su pareja, y frente a ambos se alzaba un volcán de ostiones con las conchas pegadas unas con otras.
Con la mano izquierda tomaban el cuerpo áspero y con la derecha el cuchillo preciso. Abrían la concha y sacaban el cuerpo carnoso, blando como una promesa cumplida. Las piernas de la mujer, largas y abiertas, sostenían la faena; eran fuertes, marcadas por el sol y la sal.

Cuando ella se estiraba, el trabajo dejaba ver sus nalgas quemadas de bahía y paciencia.
Quise apartar la mirada, pero no pude. El cuerpo también recuerda.
Pensé en Awas y en mí, joven, recogiendo almejas con más entusiasmo que paga, siendo apenas un aprendiz de marea y cansancio.
El verdadero salario llegaba cuando el sol caía sobre los cocoteros: Sarafina, paciente como el agua quieta, me enseñaba sin prisa lo que no se aprende trabajando.
Ese recuerdo abrió otro sobre las piletas de Pointeen, en Bluefields; astillero de día y refugio de luna llena por la noche, donde los jóvenes íbamos en pareja a sumergirnos en romances dentro del agua tibia del verano.

Ostiones, almejas y piletas: todo se enlaza como viejas redes remendadas.
Recuerdo la escena de dos por pileta bajo la luna, con el agua sosteniendo los cuerpos en un silencio cargado y hermoso, hasta que alguien gritaba que había un tiburón.
Bajo la luz de una bujía cansada, las mujeres salían mojadas y temblando de susto; unas reían y otras corrían, dándose cuenta al final de que sostenían en sus manos lencería ajena, trofeos sin dueños.
Siempre fue un tema delicado: ostiones, almejas y lencería. Ahora, cuando lo pienso, me río por dentro al recordar cómo aprendí a quitarlas.
Se deslizaban por el vientre, pegadas a la piel caliente, pasaban por la cadera, la nalga y los muslos, hasta rendirse finalmente en los tobillos como lencería vencida.
Hoy los cubos se llenan y se miden con exactitud.
Van en bolsas que recorren calles, plazas y muelles mientras alguien grita el pregón de los ostiones.
Y la vida sigue, como siempre: abriéndose a cuchillo y dejando ver lo que guarda sin detener nunca su curso.
Un escrito de Ronald Hill ALvarez
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