“Llegué con 20 dólares”: historias del exilio LGBTIQ+ nicaragüense entre Costa Rica y España
Personas que huyeron de la represión política enfrentan nuevas formas de discriminación y precariedad mientras intentan reconstruir su vida en el exilio.

La migración forzada desde Nicaragua ya no puede entenderse únicamente en números. Detrás de cada estadística hay historias de ruptura, miedo y reconstrucción. Desde 2018, organismos internacionales y expertos independientes han documentado una estrategia sistemática de represión estatal, que ha provocado la salida de cientos de miles de nicaragüenses.
La persecución política, el cierre de espacios cívicos, la criminalización de la disidencia y, en algunos casos, la pérdida de la ciudadanía, han convertido el exilio en la única opción para miles de personas que antes tenían un proyecto de vida estable.
Entre quienes han tenido que huir, las personas LGBTIQ+ enfrentan una doble vulnerabilidad: la persecución política y la discriminación por orientación sexual o identidad de género.
Este reportaje recoge experiencias que muestran cómo el desarraigo se transforma en resistencia, identidad y reconstrucción personal.
Con las manos vacías
Cuando Yasuri Potoy-Ortiz recuerda su llegada a Costa Rica, la primera imagen que aparece es la de un bolsillo casi vacío.
“Llegué con 20 dólares”, cuenta.
En Nicaragua había iniciado estudios de enfermería. La migración interrumpió su carrera, sus relaciones y su estabilidad. Como muchas personas desplazadas por crisis políticas, su salida no fue una decisión planificada, sino una reacción a la urgencia.
Especialistas en movilidad humana describen este proceso como “duelo acumulativo”: la pérdida simultánea del territorio, las redes familiares, el estatus profesional y la seguridad económica.
A diferencia de otras migraciones, el desplazamiento forzado no permite despedidas ni cierres emocionales. El proceso queda suspendido entre la incertidumbre y el miedo.
La Organización Internacional para las Migraciones ha advertido que los movimientos forzados generan trayectorias migratorias complejas y riesgos psicosociales que pueden extenderse durante años después de cruzar una frontera.

Diversofobia y salud mental en el exilio
Para Delvin Sevilla Montano, profesional vinculado al acompañamiento psicosocial de migrantes, la migración implica también una reconfiguración profunda de la identidad.
En su experiencia clínica observa patrones recurrentes entre personas que han huido por persecución o violencia:
- ansiedad crónica
- hipervigilancia constante
- episodios depresivos severos
- en casos extremos, ideación suicida
Estas condiciones se intensifican cuando la persona ya había vivido discriminación previa por su orientación sexual o identidad de género.
“La violencia estructural no desaparece cuando cruzás la frontera”, explica.
Las agencias internacionales de salud coinciden en que refugiados y migrantes presentan mayores tasas de trastornos mentales cuando enfrentan exclusión social, precariedad económica y barreras administrativas prolongadas.

La discriminación dentro de la diáspora
Una de las paradojas más dolorosas del exilio es que la discriminación no siempre termina al abandonar el país de origen.
Yasuri y Delvin coinciden en que muchas personas LGBTIQ+ experimentan rechazo incluso dentro de la propia comunidad migrante.
Burlas, estigmas o etiquetamientos pueden romper las redes de apoyo que deberían sostener a quienes atraviesan el desarraigo.
En países como Costa Rica o España, además, se suman otras barreras:
- dificultades para regularizar el estatus migratorio
- precariedad laboral
- falta de reconocimiento de títulos profesionales
Para muchos migrantes altamente capacitados, no poder ejercer su profesión se convierte en una segunda pérdida de identidad.

Vulnerabilidades específicas de migrantes LGBTIQ+
Diversas agencias humanitarias han documentado riesgos particulares que enfrentan las personas LGBTIQ+ en contextos de desplazamiento.
Entre ellos destacan:
- violencia por orientación sexual o identidad de género
- dificultad para acceder a refugios seguros
- discriminación en servicios de salud
- ausencia de protocolos sensibles en procesos de asilo
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha recomendado que los sistemas de protección incluyan mecanismos de confidencialidad y seguridad específicos para solicitantes de asilo LGBTIQ+.
Investigaciones recientes también señalan un patrón preocupante: la combinación de trauma, precariedad económica y falta de atención psicológica puede elevar el riesgo de autolesiones o suicidio entre migrantes que no reciben apoyo oportuno.
“La psicología me salvó la vida”
Tanto la experiencia personal de Yasuri como la práctica profesional de Delvin coinciden en una conclusión clara: la atención psicosocial temprana puede salvar vidas.
Los programas que combinan:
- apoyo psicológico
- asesoría legal
- redes comunitarias de acompañamiento
han demostrado ser más efectivos para ayudar a migrantes a reconstruir su estabilidad emocional.
La Organización Mundial de la Salud ha recomendado integrar la salud mental en las respuestas humanitarias a la migración, incluyendo capacitación para personal de atención con enfoque de género y diversidad.

Intersecciones que multiplican la vulnerabilidad
La experiencia migratoria no es igual para todas las personas.
Mudarse a zonas rurales, por ejemplo, puede ofrecer oportunidades laborales, pero también significa vivir en contextos más conservadores y con menos acceso a servicios especializados.
Durante años, Yasuri evitó salir de casa por miedo a la violencia.
Con el tiempo, a través de redes comunitarias y trabajo de integración, logró algo que parece simple pero que tiene un profundo significado político: ser reconocida como persona, no como etiqueta.
Cuando el exilio también es resistencia
La represión en Nicaragua no afecta a la población de forma uniforme.
Personas LGBTIQ+ que además pertenecen a comunidades indígenas, afrodescendientes o zonas rurales enfrentan capas adicionales de discriminación y exclusión.
La persecución política, las confiscaciones de bienes y la violencia estatal se entrelazan con prejuicios machistas y racistas, reduciendo aún más las opciones de protección.
Informes de derechos humanos han advertido que esta crisis política también debe entenderse como una crisis humanitaria con impactos diferenciados según la identidad social de las víctimas.

De las cicatrices al cuidado colectivo
Las cicatrices del desarraigo no son inevitables.
Son el resultado de decisiones políticas, silencios institucionales y estigmas sociales que atraviesan fronteras.
Las historias de Yasuri Potoy-Ortiz y Delvin Sevilla Montano muestran que el exilio puede convertirse también en un espacio de reconstrucción, solidaridad y resistencia.
Porque, incluso lejos de su país, muchas personas siguen defendiendo algo esencial: el derecho a vivir sin pedir permiso.
Este reportaje se hizo con el auspicio del Fondo de Canadá, para iniciativas locales de la Embajada de Canadá, para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.

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