En la Costa Caribe el silencio tiene otro significado.
Lo aprendemos desde niños observando el mar. Hay días en que la superficie parece inmóvil, como si nada ocurriera. El agua descansa bajo el cielo gris o azul, serena, casi dormida. Pero quienes conocen el mar saben que debajo de esa calma viven corrientes invisibles, fuerzas que se mueven sin hacer ruido.
Con las personas sucede algo parecido.
Vivimos en tiempos donde parece que todo debe decirse de inmediato. Las redes sociales, los debates políticos, las discusiones cotidianas y hasta las conversaciones familiares están llenas de voces que compiten por ser escuchadas. A veces pareciera que quien habla más fuerte tiene la razón o que quien logra llamar más la atención posee la verdad.
Sin embargo, la vida suele enseñar una lección distinta.
En las comunidades costeñas abundan personas que hablan poco, pero dejan huellas profundas. Están los abuelos sentados frente al río observando el paso de las horas antes de ofrecer un consejo. Están las madres que escuchan primero y responden después. Están esos líderes comunitarios que no necesitan imponer su voz porque su ejemplo ya habla por ellos.
Son silencios que nacen de la seguridad y de la experiencia.
No son silencios vacíos. Son pausas cargadas de observación, prudencia y carácter. Son la expresión de quienes entienden que no toda provocación merece respuesta y que algunas discusiones se resuelven mejor con hechos que con palabras.
Pero existe otro silencio.
Uno más pesado y doloroso.
Es el silencio de quien guarda sus lágrimas porque siente que nadie las comprenderá. El de la mujer que soporta violencia por miedo. El del trabajador que acepta injusticias para no perder su empleo. El del joven que calla porque teme ser señalado. Es el silencio que muchas veces protege a quienes abusan de su poder y permite que ciertas heridas permanezcan ocultas durante años.

Ese silencio no transmite paz. Transmite resignación.
Por eso no todo silencio es sabiduría.
Hay momentos en que callar evita conflictos innecesarios y demuestra madurez. Pero también hay momentos en que hablar se convierte en un acto de dignidad. Cuando una injusticia amenaza a una persona o a toda una comunidad, el silencio deja de ser refugio y se transforma en una carga.
La verdadera fortaleza consiste en reconocer la diferencia.
Saber cuándo guardar silencio y cuándo levantar la voz. Entender cuándo una palabra puede sanar, denunciar o transformar una realidad. Y comprender también que algunas respuestas no necesitan ser pronunciadas porque las acciones terminan hablando por sí solas.

Al final, el silencio nunca está vacío.
A veces transmite paz. Otras veces dolor.
A veces refleja confianza. Otras, miedo.
Por eso, antes de hablar o de callar, vale la pena hacerse una pregunta sencilla, pero profunda:
¿Este silencio nace de la sabiduría o del temor?
La respuesta, como las corrientes del mar Caribe, suele encontrarse debajo de la superficie.

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