Los gigantes que lo han visto todo: la historia de las caobas del Parque Reyes

A esa hora de la mañana, cuando Bluefields apenas termina de desperezarse entre motocicletas, vendedores ambulantes y estudiantes con uniforme, ocho gigantes permanecen inmóviles en el Parque Reyes. Han visto pasar huracanes, entierros, campañas políticas, enamorados y generaciones enteras de bluefileños. Estaban allí antes de que muchos edificios existieran. Antes de que nacieran nuestros abuelos. Y todavía siguen de pie.

Están ahí desde antes de que existieran los automóviles. Antes de que se levantaran muchos de los edificios que hoy rodean el centro de la ciudad. Antes incluso de que los abuelos de nuestros abuelos nacieran.

Son las ocho caobas centenarias del Parque Central.

Sus troncos, de hasta 140 centímetros de diámetro, requieren el abrazo de varias personas para rodearlos por completo. Sus copas se elevan unos 25 metros hacia el cielo bluefileño, ofreciendo sombra a enamorados, vendedores, niños inquietos y ancianos que todavía encuentran en el parque un lugar para conversar sobre cómo era la ciudad “en los tiempos de antes”.

Pero estos árboles son mucho más que parte del paisaje.

La historia cuenta que hace más de 170 años fueron sembrados como parte de la creación de la plaza pública. Según la tradición oral, originalmente fueron trece caobas, una por cada uno de los trece Reyes Mosco, figuras fundamentales en la historia de la Costa Caribe nicaragüense.

Desde entonces, estos árboles han sido testigos silenciosos de la transformación de Bluefields.

Vieron pasar tropas y autoridades. Escucharon discursos políticos y bandas musicales. Fueron refugio improvisado durante aguaceros repentinos y punto de encuentro para generaciones enteras que crecieron jugando alrededor de sus raíces.

Bajo su sombra se celebraron desfiles patrios, se contaron historias de aparecidos, se hicieron promesas de amor y se compartieron noticias que marcaron a la ciudad.

También sobrevivieron a la furia de la naturaleza.

En octubre de 1988, cuando el huracán Joan golpeó con una fuerza devastadora la Costa Caribe, cinco de aquellas trece caobas no resistieron el embate del viento. Cayeron junto a techos, árboles y parte de la tranquilidad de una ciudad golpeada por uno de los desastres más recordados por los bluefileños.

Las ocho que quedaron en pie son sobrevivientes.

Son gigantes heridos, pero firmes.

Con el paso del tiempo se han convertido en hogar de aves, insectos y otras especies que encuentran refugio entre sus ramas. Cada día producen oxígeno, capturan carbono y ayudan a refrescar uno de los espacios públicos más concurridos de Bluefields.

Sin hacer ruido, cumplen una tarea vital.

A menudo pasamos junto a ellas sin levantar la vista. Nos sentamos en las bancas del parque pendientes del teléfono, cruzamos apresurados buscando una moto o un taxi, sin detenernos a pensar que esos árboles han permanecido ahí mientras la ciudad cambiaba una y otra vez.

Ellos ya estaban cuando Bluefields tenía otro rostro.

Y probablemente seguirán ahí cuando nuevas generaciones ocupen este mismo parque para enamorarse, protestar, descansar o simplemente matar el tiempo bajo la sombra.

Las ocho caobas del Parque Reyes no son solo árboles viejos.

Son parte del patrimonio vivo de Bluefields.

Guardianes silenciosos de la historia local. Testigos de alegrías y tragedias. Sobrevivientes del huracán Joan y símbolo de una ciudad que, como ellos, ha aprendido a resistir los embates del tiempo sin perder sus raíces.

La próxima vez que pase por el Parque Reyes, levante la mirada.

Quizá descubra que los gigantes más extraordinarios de Bluefields han estado allí todo este tiempo, esperando que alguien vuelva a escuchar la historia que aún tienen para contar.

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